SUBTERFUGIO

Comentario Aníbal Ricci

SUBTERFUGIO, novela de Nicolás Poblete Pardo

LA VIOLENCIA COMO ÚNICA ESCAPATORIA

Sebastián, connotado psicólogo chileno especializado en abuso, narra en primera persona sus sesiones con María Ignacia, adolescente de diecisiete años, conversaciones importantes que son generalmente entre dos personas al interior de una habitación. El personaje introduce diálogos en prosa (el autor prescinde del guion) muchas veces respondiendo a una lógica hablante-oyente, pero cuando surge la voz del narrador surge lo subjetivo: deducciones, observaciones finas, empatía y una extrema inteligencia de este ermitaño que nos cuenta la historia.

El narrador posee un amplio conocimiento de la escena, descompone el tiempo con maestría, pero ese conocimiento es limitado, dado que va descubriendo los hechos a medida que avanzan las terapias (con María Ignacia y otros pacientes) y en eso respeta a cabalidad la estructura del thriller, donde la narración se adentra hábilmente dosificando el suspenso.

Subterfugio, novela de muy buen título, que para el autor es una construcción engañosa para enfrentar lo que va a suceder en el futuro. En ese sentido, la terapia misma es un engaño para dilucidar la verdad, no tanto para hacer avanzar a María Ignacia en su duelo: su madre ha muerto hace escasos meses. La adolescente como respuesta improvisa un hilo de Ariadne, un blog donde ese futuro difuso se irá conformando, una estrategia para dar orden a los acontecimientos, otra trampa esta vez del paciente.

María Ignacia estudia actuación y ese blog es su teatro mágico. En él vierte sueños tramposos, planificados y relata sesiones quizás para un único suscriptor. Son bastante francas las alusiones a la terapia de “S”, donde la rabia, la culpa, sobre todo la rabia y el rencor son imposibles de camuflar.

Los personajes que interactúan y avanzan el relato son principalmente la mentora, el discípulo y la paciente, pero el autor ha introducido otros pacientes para explorar las distintas aristas de la vergüenza, como una suerte de exorcismo para sacar a la superficie su propia vergüenza. Una persona abusada siente impotencia ante ese evento que la sociedad encubre bajo un manto de silencio.

Lo que une a Sebastián con María Ignacia es el padre de esta última: José Miguel Barrios. Personaje ausente de las interacciones (sólo una videollamada), pero siempre omnipresente, debido a que sus conductas pasadas son tan ignominiosas que el autor pareciera sentir vergüenza o pudor en develar. Participa en escasos pasajes, entre las sombras, una especie de Minotauro al que ambos temen.

En el blog, ella se hace llamar Casandra y es preciso ese vínculo con el mito, además el blog anticipa un futuro, donde el síndrome del mismo nombre cobra mayor sentido y el autor juega con el lector sospechando de la confiabilidad de María Ignacia como hablante, debido a que el propio Sebastián ha sido testigo de que su paciente consume drogas.

Subterfugio, no es un thriller realmente, sino un relato de “lobo estepario”, un ser que vive en distintas habitaciones una realidad que no es la realidad de la sociedad chilena. Hasta bien avanzada la novela no hay contexto social y el abuso sobre el protagonista aflora a través de sus terapias a la inversa. Esta ausencia temática inicial está magníficamente trabajada, ese silencio delata la clase social del personaje.

Sebastián, pese a sus privilegios, es una víctima de la sociedad. Vivir en el centro de Santiago es un accidente que le permite visualizar a otras víctimas con menos recursos económicos marchando por las calles para protestar contra las injusticias. Esa ausencia de contexto social, el autor hábilmente la ha silenciado, debido a que su personaje es una víctima por motivos distintos al de las personas que marchan. Él es un especialista en casos de abuso sexual, de abuso a secas, en cambio, el resto sufre otros abusos del sistema económico imperante.

El terapeuta ahora ayuda a otros a superar esos miedos, esas “vergüenzas”, pero el autor cuela cierto complejo de inferioridad en el terapeuta, esa víctima que hasta el momento es incapaz de hacer frente a su Minotauro, le teme, sin embargo, su respuesta es emparejarse con alguien más débil (mayor, minusválido), la novela es brillante en camuflar ese amor, ya no como algo desinteresado, sino que implica un miedo visceral a que le vuelvan a hacer daño.

El autor sitúa la violación sexual, sin mencionarlo expresamente, al mismo nivel que los abusos de los grupos empresariales que operan bajo la violentada tesis del Estado Subsidiario. Al lector atento le surgirán imágenes de la multitienda La Polar (créditos repactados sin consentimiento), la colusión de las farmacias, de la Papelera, la concertación de precios de los pollos (por parte de los supermercados) y un largo etcétera que se desplegó durante diez años. La mano invisible del mercado operando contra sus propios habitantes, manipulada por esos cómplices al interior de las empresas.

También hace alusión de manera indirecta a los cómplices pasivos que habitaban el país mientras los militares violaban los derechos humanos de nuestros compatriotas. Esos abusados tuvieron que callar su miedo por años e incubaron un odio invisible para la población obediente que no quiso meterse en problemas.

Ese abuso de los militares continuó a cargo de grupos privilegiados por la dictadura. Ya no hay torturas, pero imponen sus reglas económicas, mediante empresas concertadas actuando como monopolio, sabiendo que la población se acostumbró a permanecer en silencio, acumulando odios que irán gestando la violencia desatada durante el estallido social.

La víctima tiene la culpa de no haber denunciado al padre de María Ignacia. “Sanación: una decisión”, un título de mierda. Sebastián es incapaz de seguir la única directriz que impone su propio libro. Elige sentirse culpable, sus fantasías de venganza gritan a los cuatro vientos.

María Ignacia es otra abusada… de su propio padre. No quiere ser víctima y se practica un aborto. En el blog declara ciertos eventos peligrosos que podrán ocurrir en el futuro.

En las habitaciones de Sebastián está el guía, el aprendiz, el amante, sobre todo la víctima y a través del blog de la adolescente, vislumbra una venganza contra José Miguel Barrios, quizás en el fondo de su alma desea que María Ignacia lo haga pagar, pero él es el terapeuta y no debería haber visitado ese blog-habitación.

Ese odio visceral acumulado entre la población debía estallar en algún momento: diez años de injusticias contra los consumidores fueron más que suficientes para devolver la voz a los habitantes de esta tierra.

El autor es también el terapeuta que nos está guiando para desentrañar este elegante thriller psicológico.

Novela ejemplar que rescata de los miedos. A veces relata eventos sumamente escabrosos, pero les da contexto, jamás los utiliza para provocar morbo. Hay una gran dosis de verosimilitud en la obra y gran habilidad de su autor para saltar de una conversación a otra, al asociar ideas libremente dentro de las sesiones terapéuticas.

La potencia del abuso sexual hace que el juez castigue el delito con las máximas penas; no así otro tipo de abuso que tiene que ver con la humillación del ser humano mediante maltrato psicológico, intrafamiliar, dentro de las empresas, para que decir los abusos a minorías sexuales, esos miembros insatisfechos del mercado.

Atentar contra la dignidad de otro ser humano, ese es Chile, el país que habita Sebastián y que observa desde su ventana las pintorescas banderitas de la diversidad pisoteada.

La sensibilidad del escritor no ve otra salida para esta sociedad que no sea la venganza. Ese ánimo de devolver el maltrato con la misma moneda a través de una constitución que anule el derecho de los abusadores, esa clase dominante que deberá ser violentada en el futuro, en una espiral que amenaza con no regresar a su cauce normal.

La novela remece, saca al lector de la zona de confort, de las noticias y del propio reflejo en la pantalla del computador. Verdadera terapia, el proceso de sanación de un personaje abusado (nosotros mismos), una manera de exorcizar el odio hacia el otro, materializado a través de la venganza.

Nicolás Poblete Pardo exprime las emociones del lector, genera rabia, impotencia, hasta que los deseos del personaje interpretan a nuestra sociedad y la venganza se convierte en el único vehículo, eternizando esta pesadilla que nunca acaba.