RECUENTOS

Comentario de Aníbal Ricci

En el prólogo nos enteramos del tipo de literatura que despliega David Espinoza, realismo sucio, en palabras de Diego Muñoz Valenzuela «un viaje a los bajos fondos chilensis… mundo poblado por delincuentes, prostitutas, traficantes y una pléyade de personajes del submundo». Mundo invisible para el común de los lectores, donde no hay lugar para emociones a medias ni palabras de más. El autor reúne historias de sexo duro con otras de rateros de poca monta intercalando humor a veces, en otras una violencia feroz, destacando «Pesadillas» (cruel visión del femicidio), «Morir no es nuevo» (venganza sin testigos), y «Primerizo» (asesinó, violó y se le olvidó robar). Hay sexo atávico, sin dobleces moralistas en «Puerto querido» (malentendido asumido sin remilgos), «Reparaciones» (giro inesperado de la fe), reímos en ambos relatos, pero en «Ternura maldita» los espectadores del cine nos quedamos mudos. La traición es articuladora de «El viajante» y «El rencor», en ambos la mujer es vista como un trofeo. Para permitir descanso en el lector incluye relatos que dan voz a animales y objetos, destacando «Un sueño roto», cenizas literarias provenientes de un dragón. Las emociones corren por cuenta de «Consecuencia» (dos niños pasteros encuentran un trágico final) y «El aviso» (fuego triste de la virgencita). En las historias de David Espinoza el pasado es sólo un dato, sus personajes toman decisiones sin pensar en futuras consecuencias. La muerte ronda a la vuelta de la esquina, incluso en la confesión de Auschwitz narrada en «Despedida», donde el sentimiento de lástima puede confundirse con amor. Los personajes reflejados en estos fragmentos de la realidad no entienden de moral, pero el autor a veces cuela una visión humanista, como en «Paradoja», elucubrando sobre el destino de un asesino condenado a muerte. David Espinoza se despide con un diálogo en lenguaje carcelario, muy jocoso, para disminuir el tono brutal de su acercamiento a los márgenes de la sociedad.