EL LIBRO Y EL ENEMIGO

Por Cristian Cottet

Quemaron los libros porque ellos representaban más que un gobierno un estado de desarrollo de la sociedad chilena. Buscaron en las casas, encontraron sus moradores, arrastraron por el pelo a las mujeres, encendieron fogatas en el patio.

Algunos de estos modernos inquisidores, que algo sospechaban de la libre empresa y el mercado, se apropiaron de los títulos mejores, los de encuadernación de lujo, los escasos o firmados por el autor. En definitiva, robaron para venderlos luego en librerías de viejo.

Con el tiempo un libro de Lenin costaba veinte o treinta veces lo que un litro de leche; el Ché paseaba por las calles de Santiago con portada de “Alicia en el país de las maravillas”; “El Capital” era comentado en una revista de modas, incluso un ministro del régimen reconoció tenerlo en su biblioteca.

Nosotros, los sobrevivientes y lectores, recibimos “Las tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo” en una pequeña edición del tamaño de una foto de carné y cabía sin problemas en la caja de fósforos.

A muchos les costó la vida poseer alguno de estos libros. Se torturó por el sólo hecho de portar o tener un texto publicado por Editorial Quimantú. También hubo quienes hicieron riqueza revendiendo los que le llevaban aquellos que allanaron cientos y miles de hogares tras las armas invisibles o los que compraban por una miseria a los que reunían algún dinero para huir al exilio o continuaban su lucha en la más completa clandestinidad.

Sin pretenderlo, los libros llegaron a ser enemigos de muchos consecuentes luchadores, pero también llegaron a ser artículos de lujo.

Entre los muchos testimonios que se han escrito sobre la cárcel en el periodo dictatorial existe uno que cuenta cómo los presos políticos lograron ingresa a la Penitenciaria de Santiago el libro “Así se templó el acero” como un texto de mecánica, así como que en otra oportunidad se les prohibió ingresar “Historia del cubismo”, por hacer apología de la Revolución Cubana.

No puedo asegurar que esto sea o no verdad, en definitiva todo texto parte de una verdad propia y no seré yo quien se rebele sobre tamaña realidad. De todas formas, debido más a un empeño laboral que un apego a lo cierto, años después de escrito este testimonio me encontré con el autor y, entre otras cosas, me contó que fue a razón de un libro de Pablo Neruda que le castigaron a quince días de solitario. El tiempo que estuvo sin luz y un plato de sopa al día se dedicó a repetir, uno a uno, los poemas del libro requisado.

Hoy los declama en los actos por Chile que organizan los exiliados en Europa.

“La revolución permanente”, de León Trotsky, fue fotografiado en Santiago junto a una niña de cinco meses. Ella vive desde sus tres años en Cuba, de su padre no se sabe aún el paradero.