«MIEDO»: SEXO, DROGAS Y PERSECUCIÓN

Por Nicolás Lópéz-Pérez

En la madurez de una obra literaria que alcanza tres lustros, Miedo (Zuramérica, 2021) no solo oxigena el relato de un tipo en constante vaivén mental y físico, sino también un método y procedimientos de escritura destinados a ensayar encima de la idea de novela que Aníbal Ricci Anduaga (Santiago de Chile, 1968) posee hasta problematizarla.

En efecto, emplea su primer libro Fear (Mosquito Comunicaciones, 2007) como un palimpsesto, como una superficie para sobrescribir, para producir un nuevo montaje del guion de un personaje del que se saben —y se sabrán— algunos detalles y que, además de ser un flâneur o prófugo, se arroja de un vehículo–tiempo posible, desbaratando cualquier posibilidad de localización efectiva.

En lo último reside una de las grandes diferencias con Fear que, ya en el primer capítulo, adelanta los parámetros por donde va a transitar la secuencia de hechos, sensaciones y pedazos de sintaxis que quieren decirnos todo y nada sobre estados psíquicos que hacen frontera entre el miedo, la culpa y la paranoia.

Miedo desestabiliza el relato con giros poco predecibles y echando mano a lo que algunos llaman analepsis y otros, flashback.

Ahora bien, una novela sobre un personaje que huye y que arma y desarma su propio rumbo no es novedad ni el campo literario ni en el cine. Sin embargo, las operaciones sobre el lenguaje de la trama, oscilando entre el espacio del cuerpo y de la mente, le dan valía al ejercicio que Ricci Anduaga propone.

De las palabras que el editor Rodrigo Barra Villalón dedica a modo de presentación (y contratapa), pienso en el “nuevo final epifánico y esperanzador” y lo compruebo al cotejar Fear con Miedo. La actitud del personaje frente a lo que excede el relato ya es otra, por lo tanto, él ya es otro tanto para el autor como para quienes se sumerjan en calidad de lectores/as.

De ahí que se abre la chance a repensar la manera cómo acaban las cosas o empiezan otras, un vuelco a la historia donde un personaje es eso y más, toda vez que las novelas se bifurcan a un punto en que ya son otras y pueden leerse por separado con independencia.

Se me ocurren unos guiones donde la historia puede, ha podido y podría acabar de otra forma, como lo que hizo Tom Tykwer con Lola rennt (Corre Lola, corre, 1998) o Zach Helm que se apoya, en algún sentido, en el clásico Niebla de Miguel de Unamuno, con Stranger than Fiction (Más extraño que la ficción, 2006), donde el personaje pide que se dé otro curso a su propio destino.

Miedo también exhibe las transformaciones como narrador de Ricci Anduaga. La prosa es más fluida, goza de decisiones más asertivas y modifica la estructura de cómo se abre paso entre el suspenso y la entropía de las emociones y las acciones.

A diferencia de Fear, Miedo renuncia a la fachada de un diario y se camufla entre una road novel y una novela psicológica.

En ese sentido, la narración pone bisturí al presente —o la sensación de— en que se desenvuelve la historia, a través de pequeñas escenas para una historia de la ausencia, remembranzas de un amor pretérito (Gloria), de un idilio cuyo luto está en su peor momento. El personaje escapa fugazmente tocando fondo y tragando veneno.

Fuente: Cine y Literatura